El altar de los primeros recuperadores
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Prácticamente nadie escapa de la venganza de los demonios. Los habitantes del Abismo envían a sus recuperadores, las siniestras arañas mecánicas que han creado para cazar, para que persigan en silencio a sus enemigos, esclavos huidos y sectarios renegados. Según cuenta la leyenda, el primer recuperador fue obra del señor demoníaco Haagenti, Señor de la Transformación. A lo largo de las eras, el primer recuperador pasó a servir a otros amos demoníacos, y fue un sirviente impecable para todos ellos. Un hereje mortal doblemente renegado fue quien puso fin a su asesina servidumbre. El Templario del Laberinto de Marfil, cuyo nombre se desconoce, se arrepintió de sus actos y abandonó la secta. El primer recuperador siguió su rastro pero nunca regresó: tanto el recuperador como su presa cayeron en combate. Más tarde, los demonios descubrieron los restos y la telaraña del recuperador y los convirtieron en un altar. El hambre insaciable del recuperador se filtró al altar. Décadas después, los adoradores comenzaron a llevar allí sus sacrificios: los dientes arrancados de quienes intentaron huir de la ira de los demonios, pero fueron capturados y muertos.
Lugar
Cruce cerca de Trampa de caída · 1La Herida del Mundo