"Hermana de la misericordia. Memorias de la Segunda Cruzada".
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De Nillen Malkister Magnimar, Editorial de Literatura Espiritual del Banco de Plata "Nos hemos reunido de nuevo para la oración común en la capilla de campo, habiendo aparcado todas nuestras rencillas... o por lo menos fingiendo educadamente haberlas olvidado. Se cruzan miradas de desagrado por toda la tienda. Los sirvientes de Sarenrae miran de reojo a los de Asmodeo. El clero de Gorum, que acude a rezar ataviado con armaduras ensangrentadas, no oculta su desdén por quienes como yo no nos lanzamos de cabeza a la batalla... Pero ¿qué esperan que haga si mis suaves manos han aprendido la amabilidad y no la violencia? También veo a una sacerdotisa de Shelyn. Delicada, seguramente compasiva y llena de remilgos y superioridad. No se rebajaría a hacer lo que yo hago por nuestros guerreros. Pero no conozco forma mejor de servir. Algunos de mis compañeros de fe dicen que en tiempos de guerra debemos olvidar el lado amable del Aguijón Placentero y seguir solo su lado castigador, puesto que el amor no tiene lugar en el campo de batalla. No estoy de acuerdo. Todos cuantos estamos aquí estamos listos para el castigo, pero ¿quién sino nosotras puede traer el amor? Nos arrodillamos y rezo al Fuego Inextinguible. ¡Señora! Arrebatadme los ojos, pues no soportan ya ver los horrores de la guerra ni los hermosos cuerpos quebrantados y despedazados. Ya no pueden llorar por nuestros aliados, amigos y amantes. Y la diosa responde: hija mía, tus ojos son un tesoro de valor incalculable. Al igual que un faro guía a los barcos en la tormenta, la luz de tus ojos trae a los héroes de vuelta de la batalla. Y yo rezo: ¡Señora! Cosed mis labios, pues no puedo besar una piel que sé que será cortada, mordida y desollada antes de que amanezca. Y la diosa responde: hija mía, tus labios son más fuertes que cualquier espada y más firmes que las placas de una armadura. El susurro de tus oraciones da fuerza a los guerreros y lleva el fuego ardiente a los demonios. Tus rezos sanan la piel rota para que la puedas besar de nuevo. Y yo rezo: ¡Señora! ¡Quemad mi corazón! Dejad que encuentre la paz en la indiferencia de las cenizas, pues no puede soportar este dolor. Y la diosa responde: ¡Adorada hija mía! Ese dolor lo causa el fuego que arde en tu corazón. Un fuego tan brillante que su calor reconforta a todos los que te rodean. Lejos de convertirte en ceniza, lleva su calor al umbral de mis aposentos, donde por fin encontrarás la paz".