"Luz eterna: diario de un peregrino"
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"No logré resistirme a la tentación y sumergí mis pies cansados en las aguas sacras del oasis. No sin antes lavarlos, por supuesto, pues jamás osaría profanar una fuente divina con el polvo del camino. El ocaso bailaba sobre la superficie del agua. Cerré los ojos mientras mi cuerpo quedaba entumecido, esperando con anhelo la llegada del milagro. Durante el viaje, el dolor había atenazado mi corazón, pero ahora se fundía en el agua bendita, y todas mis llagas se desvanecían. Miré al interior de mi alma y cuestioné la pureza de mis pensamientos. ¿Era lo bastante digno para escapar de mi tormento? ¿Me daría Sarenrae una señal? Estaba preparado para recibir el aleteo de una paloma. La fiebre me sobrepasó. Sentí los rayos divinos, pero el sol ya se había puesto. ¡La luz atravesaba mis párpados! Vislumbré las formas de Sarenrae y sus ángeles. Me atreví a abrir los ojos, pero me pesaban como si soportaran el peso del calor del sol al completo. Me sumí en el letargo".