Pergamino con el sello "Propiedad del museo"
Item · 1 po · Peso 0
"El Santuario Nuevo era un faro de esperanza para cualquiera que se encontrara perdido en estas sombrías tierras. Cruzados, comerciantes, viajeros y gente común eran bienvenidos allí para rezar a cualquier dios que les escuchara, para pasar una noche de descanso y como refugio seguro si fuera necesario. Quizá fue por eso que los demonios atacaron el Santuario Nuevo de la forma en que lo hicieron. El sol no salió esa mañana. No supimos lo que pasaba hasta que fue demasiado tarde: una nube de humo sucio y oscuro envolvió la fortaleza. No podíamos ver ni respirar. Un famoso mago llamado Zacharius era el guardián de la fortaleza en ese momento; comprendió que era el comienzo de un ataque y dio la voz de alarma. Y entonces llegó el fuego. Un fuego arcano que llovía del cielo, se pegaba a cualquier superficie que tocaba y parecía que ninguna cantidad de agua podría apagar. Y finalmente se elevó el grito. Era el sonido de mil demonios aullando, que venían a por nuestras almas. Las puertas de la fortaleza cayeron inmediatamente, pero los cruzados no. Sus cuerpos demostraron ser más fuertes que la madera y el hierro: la vanguardia del ejército de demonios se atascó en el muro viviente que habían creado, y ganaron algo de tiempo con sus propias vidas. El propio Zacharius dejó sus aposentos para luchar junto con el resto. Sus hechizos abatieron a los gigantes que nos lanzaban bolas de fuego, una tras otra, y durante unos minutos pensamos que aún había esperanza. Fue una palabra impía la que lo arruinó todo. Un demonio especialmente grande y repugnante salió de entre las filas de su ejército. Llevaba un enorme cuerno de bronce totalmente cubierto de rostros, carnosos rostros humanos, todavía vivos y gritando, que habían cortado y puesto en aquella cosa horrenda. El demonio se llevó el cuerno a la boca y lo sopló mientras los rostros gemían al unísono. Siguió soplando hasta que se le partió el pecho, separándose las costillas de par en par, y hasta que el cuerno también quedó hecho pedazos, incapaz de soportar tan maldito poder. Pero su tarea estaba completa: una insoportable ola de sonidos horribles nos envolvió, y ni una sola persona pudo mantenerse erguida sin perder el conocimiento al escucharla. La palabra impía dejó el Santuario Nuevo vacío y lleno de cuerpos tendidos en el suelo. Los demonios gritaron y se abalanzaron hacia nosotros, un error que pronto lamentarían. Sí, estábamos heridos, aterrorizados y ensordecidos... pero aún no habíamos dicho nuestra última palabra. ¡Esperamos a que entraran en el patio interior y nos pusimos en pie! ¡Fingimos estar muertos hasta que nos dieron la espalda, y luego les atacamos! ¡Los matamos y retrocedimos para tumbarnos entre nuestros hermanos y hermanas caídos, representando otro acto de tan espantoso espectáculo! ¡Construimos barricadas con los cadáveres de nuestros hermanos de armas y las usamos para atacar a los enemigos sin ser vistos! Agarramos a los demonios por el cuello, les doblamos las espaldas y los ahogamos en nuestra propia sangre. Finalmente, los gritos de los invasores a los que nos estábamos resistiendo cesaron. El Santuario Nuevo masticó y escupió a todos los engendros que osaron entrar en él, mientras que los demonios que quedaban se detuvieron, paralizados de miedo. Pues incluso esas criaturas pueden conocer el miedo. Fue en ese momento cuando el comandante Zacharius lideró una salida para romper el asedio. Salimos... no, corrimos. Corrimos para salvar la vida como si pudiésemos volar. ¡Nosotros, con nuestros miles de heridas, cubrimos la distancia entre la fortaleza y el ejército de demonios tan rápido que su señor no pudo terminar sus impías oraciones! Atravesamos sus filas, matando a todos los que vimos hasta que se separaron y se hicieron a un lado, aterrados por nuestro espíritu de batalla. Los sacerdotes de todos los dioses del Santuario Nuevo estaban en medio de nuestra formación, marchando al ritmo de los soldados más jóvenes y fuertes. Sus espaldas se quebraban bajo el peso de sus reliquias, sus rostros seguían petrificados por el dolor y, sin embargo, sus almas aún tenían suficiente fe para seguir sonriendo, para inspirarnos, para curar y bendecir a quienes se acercaban a ellos. Estaban muertos de miedo, pero seguían adelante. Todos estábamos asustados, y todos seguimos adelante. Y lo logramos. Nos abrimos paso a través del ejército de demonios y salimos a la luz. Sólo entonces cedimos a nuestros miedos y dejamos que nos llevaran hacia delante, lejos de nuestros enemigos, como el viento que empuja un barco mar adentro. Desaparecimos a la sombra de la montaña. Nos escondimos en los cañones. Sobrevivimos. Tras todos estos años aún recuerdo ver a Zacharius y sus aprendices por última vez. Ellos encabezaban nuestra formación pero cuando atravesaron el ejército de demonios, se separaron y abrieron un pasillo, reteniendo a los enemigos para que escapáramos de aquella trampa, la más mortal de todas. Sin embargo, incluso su poder tenía límites. El círculo de demonios se estrechó y acabó cerrándose, aislándolos del resto de nuestro grupo. Lo último que recuerdo es a Zacharius reuniendo a sus seguidores y retirándose al Santuario Nuevo, ahora condenado a llamarse la Capilla Perdida".