Carta sin terminar
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"... Durante toda mi carrera, desde los primeros y más sencillos hechizos hasta los más intricados trucos arcanos, siempre he perseguido un objetivo: la inmortalidad. Tras estudiar varios métodos conocidos, llegué a la conclusión de que debía idear uno propio. No quiero acabar convirtiéndome en un gul; languidecer en un cuerpo artificial tampoco me llama; y la reencarnación supone el inevitable riesgo de acabar en el cuerpo de una rana o ratón. No, venerable camarada, pretendo alcanzar la inmortalidad de mi propio cuerpo, vivo, sano y, aunque no joven, al menos bien conservado. No es una tarea sencilla, desde luego, especialmente para los que no nos podemos permitir ni un solo vial de elixir de orquídea solar. Acabo de recordar un detalle gracioso que comentó una vez nuestro querido mentor (que descanse en paz por toda la eternidad): los Señores de las Runas encerraban un doble misterio, pues descifraron el enigma de la inmortalidad, pero acabaron llevándose el secreto a la tumba. Si descubrieron el misterio, no lo sabemos, pero una mente mortal lo suficientemente curiosa sí podría. Si supiéramos dónde buscar... Después de que los métodos más obvios fracasaran, probé con los más esotéricos. ¿Quién sabe? Quizá la clave de la inmortalidad se esconda entre las páginas de un polvoriento tomo de alquimia, geomancia o demonología, esperando que un mago astuto yuxtaponga los hechos evidentes de varias disciplinas mientras el resto pierde el tiempo en nigromancia y transmutación. He empezado a ojear cientos de obras de numerosos temas, llenando mi cabeza con teorías, hechos y especulaciones tanto útiles como disparatadas. Una historia curiosa de esos tomos consiguió llamar mi atención: hablaba de Sithhud, un señor demoníaco 'degradado' a la categoría de incipiente tras perder una batalla contra otro demonio (que era notablemente más débil que Sithhud, ¡para que lo sepas! ¿Cómo es posible? ¡Cuántos secretos!...) Esto se me quedó grabado en la memoria y no lo recordé hasta mucho después. Hace un tiempo, encontré un cadáver momificado mientras investigaba las ruinas de un asentamiento de gigantes de la escarcha. A juzgar por sus ropajes tan elegantes, deduje que era un jefe, o quizá un chamán. Al tocarlo, una dolorosa punzada recorrió mi cuerpo y casi me desmallo. Después, llegaron las visiones. Afiladas hojas de hielo, huesos gigantescos, un viento implacable susurrando algo incomprensible... No sé cuánto duró esa horrible experiencia, pero lo primero que hice cuando recuperé el conocimiento fue llamar al equipo de expedición y volver corriendo a casa, pues necesitaba que me realizaran un análisis detallado y, quizás, los cuidados de un sanador. Conoces mejor esas endiabladas maldiciones antiguas que yo, así que te ahorraré los detalles de mi subsiguiente investigación. La conclusión a la que llegué es la siguiente: la leyenda antigua de Sithhud ha resurgido. Me he zambullido en la historia de este señor demoníaco olvidado y ahora él es parte de mi propia historia. Al tocar ese cadáver, una pequeña fracción del poder de Sithhud penetró en mi cuerpo. Creo que se podría definir como un fragmento de su alma... Asumiendo que los demonios tuvieran algo así. Así fue como perdió un enemigo más débil le arrebató su reino y logró escapar su muerte certera al mismo tiempo: ¡fragmentó su alma en numerosos pedazos y la escondió en los cuerpos de sus sirvientes! Aún no tengo una hipótesis viable de cómo ha podido suceder, pero siento como si estuviera invocando estos fragmentos. No te preocupes, no responderé a su llamada. No tengo ninguna intención de servir a un monstruo del abismo. A cambio, me dedicaré a estudiar las extraordinarias propiedades de mi fragmento y el cuantioso poder que me otorga. Presiento que estoy a punto de descifrar la codiciada clave para la inmortalidad, pero temo que no la hallaré antes de que me llegue mi hora. Por eso, mi venerable camarada, quisiera invitarte a...". El final de la carta está manchada de tinta derramada.