"El horror varisiano".
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"Cuando llegaron a la colina del cementerio, llovía a cántaros. Pese al clima y a las débiles protestas del sacerdote, Regor no tenía intención de parar. Si sus sospechas eran correctas, había que detener cuanto antes el mal que se había instalado en el pueblo ya hacía muchos años. El sacerdote del lugar, al que habían acudido Regor y Moghra en busca de ayuda, se había alarmado de que estos desconocidos acusaran a alguien de su rebaño y había decido acompañarlos para poder defender al inocente, en caso de que surgiera la necesidad. Mientras subía por las escaleras rotas que llevaban a la antigua cripta en la cima de la colina, Regor desenvainó la espada sin hacer ruido y la escondió debajo de su capa empapada. Cuando los tres llegaron a la piedra labrada que servía como altar de sacrificios, vieron al sepulturero que, pese a la hora tardía y la violenta tormenta, estaba cavando una tumba poco profunda. Antes de que Regor tuviera tiempo de intervenir, el sacerdote, impulsado por el deseo de apartar las sospechas del ermitaño, fue directo hacia la enorme figura contrahecha. El sepulturero volvió la cabeza y, nada más ver a Regor y Moghra, comenzó a moverse a una velocidad desproporcionada para él. Dio un gran salto hacia adelante y la pala cortó el aire frío del otoño y golpeó la cabeza del sacerdote. Trozos de cráneo e hilos de sangre saltaron por los aires, y el sepulturero, soltando un rugido ininteligible, se abalanzó sobre los forasteros. Moghra, que ya había levantado las manos, se quedó paralizada de terror: la boca abierta del sepulturero estaba llena de docenas de hileras de dientes afilados como agujas, y la mente debilitada de la hechicera se vio asaltada por un torrente turbio de blasfemias abominables en una lengua de otro mundo. Regor, sin embargo, mantuvo la compostura: haciéndose a un lado, cortó ese cuerpo corpulento como si abriera un caparazón podrido e hinchado. Con un golpetazo viscoso, el cuello y el pecho del sepulturero se abrieron, revelando a los ojos mortales la verdadera forma de la bestia, la de un gusano asqueroso cuyo cuerpo enfermizo brotaba en espirales de la ya inútil envoltura humana. El vigilante del cementerio era un abominable demonio vermlek, creado a partir de las almas de la escoria despreciable que, en vida, profanara las tumbas y perturbara a los difuntos de la manera más atroz. Tras salir de las entrañas del Abismo e invadir Golarion, él y los suyos se habían visto atraídos por los lugares que excitaran las mentes y las fantasías de sus progenitores...".