Libro sarkoriano antiguo

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"En las montañas del oeste moraba un clan cuyo nombre ha sido olvidado. Eran unos individuos valientes y resistentes, que exploraban profundas cuevas para llegar cargados con menas relucientes. Este clan prosperó: tenían suministros por doquier, incluyendo comida y miel, porque sus vecinos compraban las cosas que forjaban con las menas que extraían. En el último día de calistril, llegaron los problemas, cuando los pasos de la montaña estaban a punto de sacudirse el hielo de invierno, como cuando los perros se despiertan de una larga siesta. Aquella noche, escucharon voces y vieron nubes de polvo provenientes de las cuevas. Cuando el polvo dejó de levantarse, los mineros fueron a investigar, ya que no temían a la oscuridad ni derrumbamientos. Pero al bajar no encontraron eso, sino a la Jauría. El Seguidor, cuyo nombre había sido olvidado hace generaciones, tenía la sangre de los clanes. Era un hechicero despreciable, un degenerado que le había dado la espalda a sus antepasados. Se había enamorado de la hija del sabio patriarca del clan, pero su amor no era correspondido. Furioso y resentido, el Seguidor había acabado en las profundidades de las cuevas, y con llantos y quejidos, planeó su venganza. En ese mismo lugar lo encontró la Jauría, siguiendo el rastro de magia profana. La Jauría lo devoró y, al hacerlo, probó la sangre humana por primera vez, y descubrió que era de su agrado. La Jauría asesinó a los mineros que descendieron a las cuevas, y a partir de entonces comenzaron a salir a la superficie cada noche para devorar a uno de los aldeanos y arrastrar el cuerpo a las cuevas para roer los huesos. El sabio patriarca se reunió con el clan en la casa comunal, y los sabios del clan hablaron, y luego los combatientes y todos los que tenían algo que decir. Los antepasados le revelaron al patriarca que el clan estaba siendo castigado por los dioses por no haber reconocido al hechicero degenerado, y que ningún dios intercedería por ellos. Lamentando su destino, los miembros del clan abandonaron su hogar, las imágenes de sus antepasados talladas y los templos dedicados a sus dioses, y huyeron. Marchaban en silencio, apesadumbrados, pero no se encontraba todo el clan. Solo habían huido mujeres, niños y ancianos decrépitos, dejando atrás a los hombres del clan. Pasaron días y días en la casa comunal, mientras afilaban sus armas y rezaban. Cada noche, uno de los hombres bajaba a las cuevas para servir de alimento para la Jauría. Cuando ya habían muerto todos los hombres y la Jauría salió a la superficie, la caravana ya se había marchado, y los monstruos no fueron capaces de seguir su rastro. La caravana viajó día y noche sin descanso hasta alcanzar la estepa, que representaba el límite del mundo que les era conocido, desde donde ya no podían alcanzar a ver sus queridas montañas. Y allí se instalaron, y vivieron vestidos con harapos y delgados hasta los huesos, ya que no sabían cómo criar animales y sobrevivir a una vida nómada, y porque no tenían combatientes en el grupo. El clan pronto mermó, los ancianos murieron y los jóvenes encontraron maridos y esposas en otros clanes y se marcharon a otros hogares. Años más tarde, el patriarca del clan enfermó y murió en brazos de su hija, y ya nadie recordaba la casa donde había residido el clan con su libertad y dignidad intactas". Han arrancado las últimas páginas del libro.

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