"Las cruzadas vistas por la gente corriente", de Tullius Marah.
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Historia recopilada por Tullius Marah a partir de las palabras de Woren, aldeano de Vadoscuro "¿Que por qué llaman 'el cruzado' al viejo Genty? Te contaré lo que pasó. Ogar el granjero murió dejando tres hijos. Los dos mayores se repartieron la tierra y siguieron con su vida, mientras que el más joven, Genty, no encajaba con su entorno. Lo único que sabía hacer era dormir bajo un árbol y comer tartas. ¿Qué podía hacer? ¿Qué empleo podía encontrar? Así que cogió una vieja espada oxidada del patio del herrero, montó en su jamelgo y partió allende las colinas. Al cabo de un tiempo, llegó a un castillo. En él, la esposa de un caballero esperaba el regreso de su marido, que había partido a las cruzadas. Así que Genty se sentó junto a ella, diciéndole: 'Bella dama, vuestro esposo es un gran hombre y merecéis compasión, Yo también soy cruzado, combatí a menudo contra los atroces engendros de la Herida del Mundo...' y siguió con sus embustes. Pasó un mes entre esos muros, engordó cinco kilos, se acicaló... ¡al final podría haberse hecho pasar por un barón! Pero le aburría la esposa del caballero. Siempre estaba pálida y triste, y lloraba día tras día mientras rezaba a Sarenrae. Así que Genty se despidió de ella y siguió su camino. Cabalgó y cabalgó hasta llegar a un molino junto al río, donde vio a la esposa del molinero, de mejillas sonrojadas y oronda como una perdiz. Genty se acercó a ella preguntando: 'Buena molinera, ¿se encuentra vuestro esposo en casa?'. 'No, señor, fue arrastrado por las hadas al río hace ya un año', le respondió la mujer. Y así se alojó Genty en el molino. Dormía en una cama blanda, comía pasteles y bebía cerveza mientras paseaba por el pueblo. Era muy atrevido. Decía a todo el mundo que era un cruzado experimentado, ¡que no temía a ningún demonio y que daría una lección a cualquiera! Hasta que una noche, a la luz de la luna, mientras resoplaba junto a la ventana, sintió que le agarraban por la espalda con fuerza insoportable. Miró y la vio... una vieja espantosa y esquelética, con nariz retorcida, ojos ardientes, un estómago hueco sobre el que asomaba el costillar y garras en vez de uñas. Despedía el hedor de la tumba. Por mucho que lo intentara, Genty no lograba soltarse. La vieja se aferraba a él, siseando: '¿Dónde vas, apuesto cruzado mío? Ven, vamos, ¡quiero un hijo tuyo!'. En su boca, vio una larga lengua relamiendo dientes podridos. De alguna manera, Genty logró zafarse, dejándose piel y carne en las garras del ser. ¡Huyó corriendo del molino! Llego al pueblo desnudo y sangrando. Corría y gritaba: '¡Demonios! ¡Los demonios!'. Así que los aldeanos empuñaron sus hachas y horcas y acudieron al molino, que estaba vacío. De la vieja no quedaba ni rastro. Lo que sí había era un cadáver espantoso en el sótano. Por la ropa y el pelo, estaba claro que era la molinera. Fue entonces cuando Genty perdió la cabeza. Desde entonces, se sienta bajo la ventana de su hermano, mirando al horizonte y balbuceando: 'Vienen los demonios, vienen los demonios'. No ha vuelto a decir otra cosa".